... experiencias nómadas

6 de diciembre de 2009

Ko Chang

Como colofón a nuestras vacaciones y para no necesitar otras para reponernos de éstas, hemos decidido pasar los últimos días en la isla de Ko Chang, que se encuentra en el golfo de Tailandia y a tan solo 5 horas de Bangkok. Siendo la segunda mayor isla en tamaño después de Phuket, y bastante menos explotada turísticamente que ésta, con sus blancas playas llenas de cocoteros, y sembrada de cascadas en sus zonas montañosas, no encontramos más preocupaciones que las de intentar no irnos sin bañarnos en todas y cada una de sus playas, eso sí, procurando no morir aplastados por un coco. 
La zona que mejor nos pareció para alojarnos fue “Lonely Beach”, ya que posee una de las mejores playas de arenas blancas y a su vez algo de vida nocturna. 
Llegamos de noche y bastante cansados como para patearnos el lugar en busca del mejor alojamiento, así que decidimos quedarnos en unas cabañitas de paja muy monas y más que económicas, aunque bastante espartanas. Resultaron ser del lugar con más marcha del entorno y no nos pareció muy idóneo para descansar. Al día siguiente nos cambiamos dentro de la misma zona a un entorno mucho más tranquilo y con una decoración “zen” que nos enamoró al instante, con estupendas vistas al mar, hamacas para retozar, y una suave música que te sumerge totalmente en el paraíso. Aunque costaba 4 veces más caro que el alojamiento anterior, decidimos darnos el capricho y probar el “lujo asiático”.
Las carreteras que rodean la isla, son una constante sucesión de cuestas y por ello decidimos alquilar una moto. En Tailandia conducen por la izquierda, y nos llevó algo de tiempo adaptarnos. Cada pocos kilómetros hay puestos en los que te venden gasolina embotellada, así que recorrerse la isla de arriba a abajo no resulta nada complicado.
Cuando ya se nos acabó este pequeño territorio decidimos explorar otras islitas cercanas y aprovechar para hacer snorkel en sus arrecifes coralinos y ver cientos de pececillos que nos rodeaban nada más sumergirnos. La experiencia hubiera sido perfecta de no ser porque había tantos turistas como peces, pero es lo que hay.
Escribimos estas líneas después de haber disfrutado del último baño marino acompañados de la puesta de sol. Mañana ponemos rumbo a Bangkok, la ciudad que fue nuestro punto de partida (hace ya casi un mes!) de este maravilloso e intenso periplo por el sudeste asiático. Nos ha encantado descubrir la bondad y dulzura de sus gentes, aprender un poquito de su historia, conocer su cultura y compartir su gastronomía o aprender algunas palabras de sus idiomas; recorrer cientos de kilómetros en autobús contemplando sus parajes, sus tierras cultivadas, sus villas; caminar por las calles de pueblos y ciudades sintiendo el ritmo al que se mueven; visitar cientos de estupas y wats con sus bonitos colores …
Nos vamos sabiendo que algún día volveremos por estas tierras para descubrir mucho más. Pero con ganas de volver a casa, con nuestra gente. Os agradecemos mucho que nos hayáis seguido todo este tiempo, porque nos ha permitido compartir esta aventura y estar un poquito más cerca de vosotros.

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5 de diciembre de 2009

Angkor

Volvemos a cambiar de nuevo de país y esta vez para dirigirnos a Camboya, más concretamente a Siem Reap, una ciudad que se ha convertido en la más visitada de la nación debido a su cercanía a los fascinantes templos de Angkor. Estas magníficas construcciones fueron levantadas por la cultura Jemer entre los siglos IX y XIV. Tan sólo 6 km de distancia separan Siem Reap de la entrada a este parque arqueológico cuyo epicentro tiene una extensión de 50 km cuadrados.
Nuestra llegada a la ciudad no puede calificarse de triunfal precisamente, ya que después de 14 largas y pesadas horas de viaje desde Si Pha Don, llegamos a la 1 de la madrugada y como por arte de magia, el carácter afable y relajado de los laosianos se ha tornado aquí en una agresiva rapiña que intenta dirigirnos a aquellos alojamientos donde reciben la inoportuna comisión. Sacamos el resto de fuerzas que nos quedaban para deshacernos del acoso de estos inagotables cazaturistas. Parece que la paz ha terminado. Aquí los turistodólares ya están haciendo de las suyas...
Como nuestro único propósito en este lugar es visitar Angkor y no nos sentimos capacitados para llegar puntuales a la apertura de las ruinas (5 de la madrugada), aprovechamos para descansar y organizar el final de nuestro viaje, así como para trazar la ruta a seguir al día siguiente para no perdernos en la inmensidad de esta antigua ciudad de piedra. Decidimos que la mejor forma de explorar las ruinas sería hacer una ruta en bicicleta desde la misma Siem Reap. Eso nos permitiría dedicarle el tiempo que estimásemos oportuno a cada uno de los templos que habíamos decidido ver y no estar sujetos al ritmo que nos marcase el conductor del tuk-tuk o la mini van, que son los otros dos medios más usuales para realizar la visita. Llegamos a primera hora y quedamos sorprendidos al ver que no eramos los únicos locos que llegaban pedaleando, aún de noche, a la zona de la venta de entradas. Nuestra intención era ver el amanecer en frente del Angkor Wat, que es uno de los templos más impresionantes.
Conseguimos llegar antes de que comenzara a salir el sol para contemplar una escena realmente emocionante. El templo quedaba reflejado según amanecía en un precioso estanque que fue construido en la época como barrera defensiva.
Como ya nos advirtieron de la ruta que solían seguir las excursiones organizadas con riadas de turistas, decidimos seguir el orden inverso para encontrarnos con el menor número de gente posible. No fue difícil orientarnos una vez tomamos consciencia de la verdadera distancia entre los distintos templos, y después de unos 40 km pedaleando, terminamos rendidos y estupefactos ante tanta belleza imposible de plasmar ni tan siquiera en las mejores fotografías, pues tan sólo el entorno natural en el que crecieron estas construcciones bien merecería una visita.
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Ko Chang, 4 de Diciembre de 2009