... experiencias nómadas

30 de octubre de 2011

Jodhpur


Realizamos nuestro trayecto entre Jaisalmer y Jodhpur en un “Super Luxury Bus”. No os dejéis engañar por las palabras porque era bastante ruinoso, pero el trayecto era de unas 5 h y no se nos hizo demasiado largo ni incómodo.

Llegamos de noche a la estación de autobuses que quedaba bastante retirada del centro y tuvimos que tomar un Ricksaw para llegar a nuestro destino. La combinación de noche, mochila y conductor de Ricksaw no suele ser demasiado buena y el hombre intentó llevarnos a un alojamiento y no precisamente para velar por nuestra seguridad, sino para hacerse con la sustanciosa comisión. Nos costó bastante esfuerzo deshacernos de él, pero cuando al fin lo conseguimos, pocos metros después, se nos pegó otro conductor aún si cabe más pesado. En esta ocasión tuvimos que ser algo menos amables para quitárnoslo de encima, pero por fin conseguimos llegar a un alojamiento por nuestro propio pie. Subimos a cenar al restaurante de la azotea que tenia maravillosas vistas del fuerte iluminado.

Jodhpur es conocida como “la ciudad azul” porque en un primer momento la tradición dictaba que las casas de la casta de los Brahamanes (la más poderosa) fueran de este color. Posteriormente esta costumbre se extendió por el resto de la población y dotó a la ciudad de una luminosidad muy especial. Además se cree que el azul tiene cierto poder repelente de mosquitos.

Ésta es también la ciudad de las especias como así lo atestiguan las numerosas tiendas dedicadas a su comercio en torno a la plaza del reloj.

Por la mañana comenzamos la visita al fuerte de Mehrangarh, quizá el más impresionante de Rajastán y popular por no haber sido nunca tomado a la fuerza. Verdaderamente nos fascinó la belleza de su arquitectura y la gran conservación de sus espacios. Terminada nuestra visita recorrimos las laberínticas callejuelas que nos conducían invariablemente a una arteria principal invadida de tráfico y humo de tubos de escape y que nos dejó un sabor agridulce de este curioso lugar.

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30 de octubre de 2011

29 de octubre de 2011

Jaisalmer, una experiencia en el desierto


Un largo viaje en un tren litera nocturno nos llevó de Jaipur a Jaisalmer. Era la primera experiencia en un tren cama de la sorprendente red ferroviaria india, y resultó más confortable de lo que esperábamos; es más, dormimos del tirón.

Amanece a nuestra llegada a esta pequeña ciudad del desierto. Desde el ricksaw que nos lleva al centro desde la estación se puede divisar en lo alto de una colina un bonito fuerte de tonos ocres. La fortaleza esconde bonitas y laberínticas callejuelas con pequeños comercios locales, excesivamente enfocados al turismo. Esta villa, no sólo ofrece gran atractivo para los viajeros internacionales; también muchos turistas nacionales de las regiones aledañas aprovechan sus vacaciones con motivo del Diwali para visitarla y para disfrutar de un paseo por el desierto.

Las ofertas de safari se encuentran a cientos. Y eso hace bastante compleja la labor de búsqueda del más adecuado tanto por precio, como por el contenido de lo que ofrecen, ya que nos han contado un montón de historias de timos impresionantes. Nos decidimos por la propuesta del Sr. Ganesh, ya que era de los poco que contaba con camellos de su propiedad, y por tanto no tenía que subcontratar servicios.

Muy temprano, a la mañana siguiente nos reunimos con otros tres compañeros de aventura: un israelí y una pareja de coreanos. Recorrimos unos 40 km en un jeep, adentrándonos en el parque natural del desierto del Thar. Allí en un cruce de caminos, vinieron a nuestro encuentro 5 apuestos camellos, y Rayu y Sidar, los dos camelleros-guías que completaban la expedición.

El desierto no es como nos lo imaginábamos; seco y árido, si, pero no son dunas inmensas como las que se pueden encontrar en el Sáhara. Hay plantas y arbustros crasos, que dan unos frutos parecidos a las sandías y a los melones. La travesía del primer día nos llevó a paso lento por un par de villas diminutas de apenas un par de familias, y por parajes inhóspitos aunque plagados de modernos molinos de viento. Los camelleros nos explicaron que la gente que habita estas tierras aceptó la instalación de ellos a cambio de la excavación de pozos con los que disponer de la tan escasa agua que dificulta sus vidas.

Al atardecer, poco antes de la puesta de sol alcanzamos las conocidas como dunas de Sam, un lugar apacible desde el que apreciar la inmensidad de las tierras que llevan a Pakistán, cuya frontera no dista más de 70 km.

Cenamos a la luz de una hoguera en la que Rayu y Sidar cocinaron un rico guiso con patatas y verduras, y unos ricos chapatis (láminas redondas de pan parecidas al pan de pita). De sobremesa un buen té y una interesante conversación multilingüe y multicultural; y la inmensidad del cielo estrellado y el silencio absoluto para dormir sobre las mantas que durante el trayecto conformaron nuestras sillas sobre los camellos. Al amanecer, tras un buen desayunos a base de pan tostado, mermelada y huevos cocidos, regresamos a ritmo de galope al punto final de esta aventura con -eso si- un buen dolor de culo.

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28 de octubre de 2011

28 de octubre de 2011

Amber y alrededores


En esta ocasión nos dispusimos a recorrer los alrededores de Jaipur. Contamos de nuevo con Moin, que nos haría de conductor y guía. Por la mañana temprano nos dirigimos al “templo de los monos” dedicado a Hanuman, dios hindú de estos animalillos. Enclavado en lo alto de un cerro que brinda estupendas vistas del cielo empañado de Jaipur, se encuentra escoltado por multitud de distraídos macacos que amenizan la visita. Continuamos el recorrido por los jardines de Sisodia Rani, atestados de turistas de Gujarat que amablemente nos invitaron a sentarnos con ellos para charlar y hacernos fotos, experiencia divertida que ha ido repitiéndose varias veces a lo largo del viaje.

Nos detuvimos unos minutos a contemplar los cenotafios de las maharanies de Jaipur y por fin llegamos a Amber tras una parada en el “palacio del agua”. Subimos a su fuerte por la empinada rampa para quedar asombrados por su magnitud y la belleza del enclave que lo rodea. Recorrimos sus recovecos e intentamos imaginar la vida de sus gentes en la época medieval. Vimos desde arriba la subida de varios turistas a lomos de los elefantes que otrora se utilizaron para derribar las robustas puertas y nos encaminamos a Jaigarh o “fuerte del tigre”, que en una colina próxima nos brindó bellas vistas de Amber y su fuerte, y nos dio la oportunidad de ver la puesta de sol y la ciudad de Jaipur con las luces encendidas.

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Jaipur 28 de octubre de 2011

27 de octubre de 2011

Shekawati, un paseo por el norte

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Aprovechamos nuestro paso por Jaipur, capital de Rajastán, para hacer una escapada a la provincia más septentrional, de nombre Shekawati.
A través del personal del hotel en el que nos alojamos en Jaipur, conocimos a Moin, de profesión comerciante -como todos aquí. En este caso, conductor y vendedor de rutas para turistas en coches privados. “One Love” es el nombre de su empresa, y como a él le gusta decir “en mi coche entras como un cliente y sales siendo un amigo”. En general todo el mundo quiere hacer negocio con absolutamente todo; unos con más descaro y caradura, otros con más elegancia y relativa honestidad. Moin es del segundo tipo.

El viaje hacia el norte comenzó temprano. Atravesar las siempre atestadas y caóticas calles de la ciudad llevó un rato. Las carreteras por lo general no están en buen estado. Si a eso le unimos la ausencia de señalización y de reglas, y un constante uso del claxon, el resultado es un sálvese quien pueda en el que opera la ley del más grande y más rápido: camión, coche, motocarro, bicicleta, camello, peatón y vaca, por ese orden y en cualquier circunstancia. La escasa siniestralidad en proporción a este caos se debe a la verdadera flexibilidad y buen manejo de los conductores (ellas no conducen), y a la baja velocidad (no se superan habitualmente los 40km/h).

El norte está configurado por múltiples pequeñas villas tranquilas, pero sucias y muy descuidadas. Una pena, ya que poseen un buen patrimonio urbano: las havelis. Salpicadas por sus calles estas mansiones victorianas (habitualmente de dos plantas y con patio central, decoradas con impresionantes piedras y maderas talladas, así como con pinturas al fresco), en las que antes se sellaban importantes negocios, son propiedad de ricas familias de marajás, que se trasladaron a vivir a grandes urbes con la decadencia del comercio en la llamada ruta de la seda, que por aquí pasaba. Dejaron su cuidado en manos de guardas que moran algunas de sus estancias con máxima humildad, y que sólo obtienen como ingreso una cuantas rupias que dejan quienes de vez en cuando les visitan. Es por eso que su conservación deja mucho que desear.

Resulta chocante que sea el interés de los turistas por recorrer estos pueblos para ver y disfrutar de las havelis lo que está propiciando la concienciación del valor que en si mismos tienen. Muchos jóvenes estudiantes de la zona, que chapurrean diversos idiomas europeos, se ofrecen como guías para recorrer contigo los pueblos a cambio de un puñado de rupias. Una buena cosa para fomentar el desarrollo local, aunque haría falta que estuviera regulado y que se exigiera un mínimo de documentación. Pero eso es mucho pedir … a día de hoy.

Una noche estrellada y de agradable temperatura, y una amena conversación con Moin, que nos cuenta, como ya han hecho otros, que están obligados a casarse muy jóvenes, en general con alguien de su misma casta y a quien no han elegido (ni ellas, ni ellos), y que en la mayoría de las ocasiones esos matrimonios que obligan a procrear, son un fracaso y viven separados de hecho. Si se es mujer a esta desdicha hay que sumarle la carencia de derechos. Y si se es hombre la obligación de hacer frente a constantes pagos de celebraciones y deudas familiares.

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Mandawa (Shekawati), 27 de octubre de 2011

26 de octubre de 2011

Jaipur, o cómo vivir en un comercio constante


Jaipur nos recibe con calor y con los preparativos del Diwali, uno de los festivales más representativos del calendario hinduista.
Conocida como la ciudad rosa, (pues a finales del s. XIX con motivo de la visita del entonces Príncipe de Gales cuando el país aún era colonia inglesa, fue pintada de este color), apenas si muestra lo que otrora fuera; una ciudad elegante, llena de mansiones victorianas. Hoy cuesta imaginarlo: la brutal contaminación, la suciedad sin límites, la falta de recursos y la superpoblación hacen de sus calles un lugar hostil a priori para el turista.

Hay que hacer un esfuerzo por adaptarse si una quiere disfrutar de la magnitud de sus bazares: telas manufacturadas de colorido fascinante, calzado de piel de camello de primera calidad, cientos de tipos de especias, arroces, legumbres, utensilios de todo tipo con grabados espectaculares. Pero para ello hay que abrirse paso con un contacto físico constante; esquivar autobuses, coches, motocarros, bicicletas, camellos, vacas, saltar montañas de basura, abstraerse de los constantes ruidos: voces, pitidos, músicas estridentes; intensos olores a diversos tipos de inciensos y también a orina. Todo un reto!

La ciudad vieja está rodeada por los restos de una muralla. Y entre el barullo de sus calles aparecen algunas joyas arquitectónicas bien conservadas y restauradas, que dan cuenta de las riquezas de los marajás de la región en unos casos ( ); del interés por la astronomía de algunos nobles del siglo pasado: Jama Majal un jardín repleto de instrumentos de medición solar y temporal; y de los palacios reclusorios para mujeres (el Hawa Majal) desde cuyas ventanas mínimas podían observar un trocito del mundo sin que los hombres les pusieran la mirada encima.

Lo cierto es que en esta región las mujeres aún tienen nulos o escasos derechos y se acentúa en la población más humilde, pero no es exclusivo de las castas bajas, y tiene mucho que ver la religión. Por eso cuando caminamos e intuimos la figura de esas mujeres que visten hermosísimos sharis de colores intensos y finos bordados con pedrería incrustada, no podemos evitar pensar quizá les gustaría lucirlos pero de otra formas.

Anochece y encontramos un poco de calma en la terraza del humilde hotel en que nos alojamos. Tras una buena cena a base de arroz basmati y un guiso de legumbres (dhal) acompañado de una buena cerveza Kingfisher (la más habitual aquí), disfrutamos de un delicioso Masala chai (té negro con jengibre y un chorrito de leche) que no logrará quitarnos el sueño, porque tanta intensidad agota.

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Jaipur, 25 de octubre de 2011

Delhi


Son las 6 de la mañana y ya estamos montados en el tren “shatabadi expres” camino de Jaipur. Aunque pudiera parecer imposible hemos conciliado el sueño como dos bebés después del largo y duro día de ayer y a pesar de los múltiples ruidos de las motos, los extravagantes claxon, el motor del aire acondicionado...

Ayer llegamos a Delhi y todo fue más fácil de lo esperado. Salimos del aeropuerto y sin ser en absoluto acosados nos dirigimos al cuidado metro de esta ciudad de contrastes. Atravesamos, al salir de él, la estación de trenes de “New Delhi” abarrotada de gente e impregnada en los más diversos y no precisamente agradables olores y conseguimos llegar haciéndonos valer de nuestra escasa intuición a la calle del Main Bazaar en la cual debíamos encontrar nuestro hotel. En efecto, como nos habían contado, la ciudad carece de aceras y hay que sobrevivir esquivando toda clase de vehículos que se mezclan en cualquier dirección.

Las vacas con joroba, los vendedores ambulantes, las tiendas más eclécticas y los pobres perros alopécicos nos amenizaron nuestro camino, acompañado, cómo no, de los cazaturistas y conductores de ricksaws que insistentemente ofrecían sus servicios, pero no nos resultó demasiado difícil deshacernos de ellos.

Nuestro primer día fue de lo más completo. Después de deshacer nuestros equipajes y preparar las mochilas pequeñas, salimos del hotel y recorrimos la calle para irnos haciendo con el ritmo, los olores y el tráfico y finalmente tomamos un cicloricksaw hasta “Vieja Delhi”. Fue una experiencia de lo más excitante y conseguimos llegar sanos y salvos a nuestro destino sorteando cruces imposibles, bajándonos a empujar en las cuestas más empinadas y alcanzando velocidades de vértigo en otras ocasiones.

Subimos las escaleras del “Jama Masjid”, la mezquita más grande de la India, y nos descalzamos para recorrerla mezclándonos con sus gentes y la presencia diluida de los turistas no nacionales. Después de atravesar caóticas y polvorientas calles llegamos al “Fuerte Rojo”, una edificación defensiva de la época Mogol con una conservación bastante deficiente pero de dimensiones impresionantes, y allí por segunda vez en el día nos pidieron posar en una foto con turistas indios. Nos buscaremos por el facebook.

Emprendimos el camino de regreso a “Nueva Delhi” y decidimos adentrarnos de nuevo en el impresionante mundo del metro para llegar a “Connaught Place”. En pleno centro de la nueva ciudad esta plaza recoge las tiendas más internacionales y los restaurantes de las grandes franquicias occidentales. Tomamos nota por si a la vuelta nos surgiera la necesidad...

Decidimos terminar el día, tras una buena ducha, en “Sam´s café”, la terraza-jardin del alojamiento en el que nos encontrábamos y uno de los sitios más recomendables de “Paharganj” por su exquisita comida y por resultar un remanso de paz en medio del una de las calles más estruendosas de la zona. Seguro que repetimos...

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Delhi, 24 Octubre de 2011