... experiencias nómadas

8 de noviembre de 2011

Tiger Safari por el Parque Nacional de Ranthambore


Por cambiar de tercio, decidimos dar tregua a ciudades y visitas monumentales. Nos apetecía un poco de naturaleza.
Dicen que en este paraje al este de Rajastán habitan 40 tigres; es el número que tienen censado. Pero no es fácil verlos.
Llegamos en un cutre-bus a Sawai Madhopur, tras un viaje-tortura de unas 5-6 horas, en el que recorrimos bucólicos parajes agrícolas y también poblados paupérrimos. Nada de asfalto; más bien una trocha carrozable por la que sólo cabía un vehículo en una sola dirección.
Exhaustos decidimos darnos el lujo de alojarnos en un “resort” de cierta categoría, con piscina, y que nos organizaran un safari para ir al día siguiente en busca de los tigres.
El entorno del alojamiento no tenía absolutamente nada. Era sólo una carretera en cuyos márgenes se apilaban villages y resorts para los turistas.

Nos levantamos antes del amanecer. A las 06.45 horas nos vinieron a buscar en un jeep. Compartíamos vehículo con una familia india de bien residente en Delhi. La mañana era fría y más con la velocidad, porque el vehículo era abierto. Así es que nos abrigamos bien.

En silencio, dieciséis ojos (contando con los dos guías) escudriñamos cada rincón del paraje. Descubrimos shambares, ciervos, multitud de aves …. pero en las 3 horas que duró el recorrido no pudimos ver más rastro de los tigres que algunas huellas en la arena que probaban su reciente paso.

Una pena, la verdad. Pero el paseo matutino, incluida la salida del sol, por aquellas hermosas tierras, hizo que en absoluto nos sintiéramos frustrados por haber fracasado en el intento de habernos topado con los felinos.

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Sawai Madhopur, 8 de noviembre de 2011

7 de noviembre de 2011

Bundi, los viajes en tren y otros usos y costumbres

En general, cuando una compra un billete de tren en la India nunca sabe lo que ese viaje le puede deparar.
Sentarse un rato en un andén de cualquier estación ferroviaria, mientras se espera el tren, es la mejor forma de llevar a cabo un estudio sociológico de la India a diferentes niveles.
Están quienes llevan grandes equipajes, incluidas mantas y colchonetas para pernoctar en andenes abarrotados de personas, palomas, ratas y desperdicios; acompañado todo esto de un estupendo olor a cloaca. Están quienes apenas si llevan un bolso de mano, o la tartera con la comida casera (seguro que más rica que la del tren!). Son quienes suelen viajar en sleeper, la clase ms económica, esos vagones oscuros y turbios del tren, con ventanas enrejadas sin cristal, amontonados unos encima de otros, pero que consiguen llegar a su destino peor que mejor por unas cuantas rupias.

También los trajeados hombres de negocios con maletín (y digo hombres porque mujeres no hemos visto ni una con tales dedicaciones). Las familias numerosas que viajan a modo de tribu, y que comparten conversación a gritos. Los grupos de escolares que van de excursión. Y podra seguir con un largo etcétera. Todos estos y los turistas compartimos las butacas de segunda clase con aire acondicionado, a veces sentados, a veces tumbados, según el trayecto.

En este caso el viaje vespertino de Udaipur a Bundi lo hicimos acompañados de Peter y su esposa, dos australianos mochileros de sesenta y pico, super majetes, grandes viajeros y buenos conversadores; dos indios treintañeros que iban a Delhi por motivos de trabajo y un buen hombre indio de mediana edad que iba a Kota a la boda del hijo de un amigo, y con quien intercambiamos un montón de impresiones.

Por lo visto aquí es costumbre que las bodas duren 2 ó 3 días. El periodo de casamientos comienza tras el Diwali (esa fiesta de luces y fuegos artificiales similar a nuestra noche vieja que vivimos en Jaipur). Aquí todas y todos tienen claro que tarde o temprano se tienen que casar con quien Dios decida para nosotros -nos dice el hombre en un aceptable inglés y con total convicción. En realidad son los padres de cada una y de cada uno quienes deciden con quién se casan, a qué edad se casan, etc. Si tienen suerte -porque sus familias son de nuevas costumbres- los futuros esposos podrán verse en persona antes de casarse e incluso hablar por telfono alguna vez. Esto ocurre así con una inmensa mayora de la población india; sólo en las grandes urbes las nuevas generaciones descendientes de familias con cierto nivel educativo y cultural -alejadas de los estrictos mandatos religiosos y del sistema de castas- mantienen relaciones afectivas tal y como nosotros las entendemos.

Es de noche y el tren ha llegado a Bundi, nuestro destino. Nos despedimos de nuestros compañeros de viaje. A las puertas de la estación nos esperan los temibles conductores de ricksaw ansiosos por hacer una carrera. Regateamos duro y conseguimos llegar a la casa de huéspedes. No resulta ser la mejor del viaje, pero al menos sí la más barata. Además bien amortizada porque pasamos muchas horas en ella .. Digamos que es lo que mejor conocemos de Bundi.
Amanezco con un ligero retortijón, que fue increscendo a lo largo de la mañana durante la visita al Palacio de la Ciudad, un lugar de ensueño y cuentos de hadas del que apenas pude disfrutar.

Casi dos días en cama para reponerme, en compañía de mi inseparable enfermero y de una botella de un litro de Sueroral.
Nos han contado que Bundi está bien, que es bonito y tranquilo.

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Bundi, 07 de noviembre de 2011

4 de noviembre de 2011

Udaipur


Udaipur presume de ser la ciudad más romántica de Rajastán. Sus edificios pugnan por tener las mejores vistas al lago Pichola y ésto hace que las alturas superen la media de otras ciudades del entorno. El palacio se cierne sobre la ciudad y observa con envidia el hotel de ensueño situado en medio del lago y la infinidad de terrazas que se agolpan para acoger el gran número de turistas que acuden aquí escapando del caos de las ciudades más grandes.

Famosa por sus pinturas concentra un elevado número de salas de venta y exposición a las que conseguimos resistirnos con esfuerzo. Otros de sus reclamos turísticos son los paseos en barco alrededor del lago y que por un precio, a nuestro parecer abusivo, permite entrar a visitar el impoluto hotel situado en su interior.

Nadie nos avisó a la llegada, quizá porque era demasiado temprano, (apenas amanecía), de que las vacas de este sitio, aunque seguramente igual de sagradas, no eran tan de fiar como las que hasta ahora habíamos encontrado y sin esperarlo y por la espalda recibí una cornada sin consecuencias que nos hizo guardar mayores distancias en adelante con estos amables animalitos.

Recorrimos todos los rincones de Udaipur para elegir entre los restaurantes más tentadores y poder seguir tachando de nuestro listado gastronómico algunos platos nuevos y conocimos algunos compatriotas que se habían acercado como nosotros atraídos por el olor de los riquísimos guisos, alguno de los cuales, probablemente, harían que Laura se sintiese algo indispuesta alguna jornada más adelante.

Caminando y caminando, la ciudad se nos hizo pequeña y salimos a visitar una zona recreativa local que no distaba mucho del centro y que también tenía un lago como referente. En su zona central en lugar de un hotel de lujo decidieron construir en este caso un jardín para pasear después del acceso en barca.

Por último visitamos un taller con instrumentos folclóricos y disfrutamos de su música antes de planificar el transporte para nuestro siguiente destino.

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Udaipur 4 de noviembre de 2011

2 de noviembre de 2011

Pushkar, ciudad santa de peregrinación hinduista y de concentración hippie


Rodeada de pequeñas colinas y separada de Ajmer por el llamado monte de la culebra, en un paraje semiverdoso, yace esta pequeña ciudad.
Según dicta la tradición todo hinduista debería venir a esta ciudad al menos una vez en su vida, ya que en ella se encuentra el más importante de los templos dedicados a Brahma, el dios de la creación del mundo.
La vida religiosa se concentra en el pequeño lago en torno al que se ha desarrollado la ciudad. Desde la calle principal que lo rodea se puede acceder a las escalinatas a través de los múltiples callejones -aquí llamados ghats. Los monjes entregan pétalos de flores a cambio de limosnas a quienes quieran ofrecer sus rezos. La devoción lleva además a adentrarse en sus turbias aguas, que paradójicamente “sirven” para purificar almas y resarcir culpas. Casi desde cualquier punto de la ciudad se pueden oir de forma repetitiva a lo largo del día los cánticos religiosos, como si fuera una banda sonora.
No obstante, lo cierto es que hoy en día paseando por sus calles se cuenta el mismo número de peregrinos que de turistas hippies. Y a eso hay que sumarle una gran cantidad de curiosas y curiosos, camelleros, fotógrafos, reporteros, etc. en estas fechas en las que está a punto de comenzar la Feria de Camellos, una de las de mayor fama internacional.
En una explanada adyacente a la ciudad vieja, todo se prepara para la gran fiesta. Durante siete días se podrá disfrutar de competiciones de camellos, desfiles, subastas, paseos en carrozas tiradas por camellos, bazares, melodías de los músicos que tocan el shitar, chiringuitos de comida rápida (y grasienta, como en cualquier feria!), atracciones tipo noria y coches de choque.

Fuera de este caos feriante, seco y polvoriento, la ciudad vieja se presenta como el paraíso de las compras para el turista. Decenas de coloridos puestos ofrecen una extensa gama de souvenirs: telas, ropas, calzado, adornos, especias, y además servicio de afeitado para los hombres, masajes ayurvédicos, predicción del futuro, etc.

Son tantos y tan intensos los estímulos visuales, auditivos y olfativos que ofrece esta pequeña ciudad, que una queda realmente impregnada de ella.

Sólo los restautante-terraza con música relajante situados en algunas azoteas suponen un remanso de paz; además buenas vistas y brumosas puesta de sol.

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Pushkar, 2 de noviembre de 2011

30 de octubre de 2011

Jodhpur


Realizamos nuestro trayecto entre Jaisalmer y Jodhpur en un “Super Luxury Bus”. No os dejéis engañar por las palabras porque era bastante ruinoso, pero el trayecto era de unas 5 h y no se nos hizo demasiado largo ni incómodo.

Llegamos de noche a la estación de autobuses que quedaba bastante retirada del centro y tuvimos que tomar un Ricksaw para llegar a nuestro destino. La combinación de noche, mochila y conductor de Ricksaw no suele ser demasiado buena y el hombre intentó llevarnos a un alojamiento y no precisamente para velar por nuestra seguridad, sino para hacerse con la sustanciosa comisión. Nos costó bastante esfuerzo deshacernos de él, pero cuando al fin lo conseguimos, pocos metros después, se nos pegó otro conductor aún si cabe más pesado. En esta ocasión tuvimos que ser algo menos amables para quitárnoslo de encima, pero por fin conseguimos llegar a un alojamiento por nuestro propio pie. Subimos a cenar al restaurante de la azotea que tenia maravillosas vistas del fuerte iluminado.

Jodhpur es conocida como “la ciudad azul” porque en un primer momento la tradición dictaba que las casas de la casta de los Brahamanes (la más poderosa) fueran de este color. Posteriormente esta costumbre se extendió por el resto de la población y dotó a la ciudad de una luminosidad muy especial. Además se cree que el azul tiene cierto poder repelente de mosquitos.

Ésta es también la ciudad de las especias como así lo atestiguan las numerosas tiendas dedicadas a su comercio en torno a la plaza del reloj.

Por la mañana comenzamos la visita al fuerte de Mehrangarh, quizá el más impresionante de Rajastán y popular por no haber sido nunca tomado a la fuerza. Verdaderamente nos fascinó la belleza de su arquitectura y la gran conservación de sus espacios. Terminada nuestra visita recorrimos las laberínticas callejuelas que nos conducían invariablemente a una arteria principal invadida de tráfico y humo de tubos de escape y que nos dejó un sabor agridulce de este curioso lugar.

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30 de octubre de 2011

29 de octubre de 2011

Jaisalmer, una experiencia en el desierto


Un largo viaje en un tren litera nocturno nos llevó de Jaipur a Jaisalmer. Era la primera experiencia en un tren cama de la sorprendente red ferroviaria india, y resultó más confortable de lo que esperábamos; es más, dormimos del tirón.

Amanece a nuestra llegada a esta pequeña ciudad del desierto. Desde el ricksaw que nos lleva al centro desde la estación se puede divisar en lo alto de una colina un bonito fuerte de tonos ocres. La fortaleza esconde bonitas y laberínticas callejuelas con pequeños comercios locales, excesivamente enfocados al turismo. Esta villa, no sólo ofrece gran atractivo para los viajeros internacionales; también muchos turistas nacionales de las regiones aledañas aprovechan sus vacaciones con motivo del Diwali para visitarla y para disfrutar de un paseo por el desierto.

Las ofertas de safari se encuentran a cientos. Y eso hace bastante compleja la labor de búsqueda del más adecuado tanto por precio, como por el contenido de lo que ofrecen, ya que nos han contado un montón de historias de timos impresionantes. Nos decidimos por la propuesta del Sr. Ganesh, ya que era de los poco que contaba con camellos de su propiedad, y por tanto no tenía que subcontratar servicios.

Muy temprano, a la mañana siguiente nos reunimos con otros tres compañeros de aventura: un israelí y una pareja de coreanos. Recorrimos unos 40 km en un jeep, adentrándonos en el parque natural del desierto del Thar. Allí en un cruce de caminos, vinieron a nuestro encuentro 5 apuestos camellos, y Rayu y Sidar, los dos camelleros-guías que completaban la expedición.

El desierto no es como nos lo imaginábamos; seco y árido, si, pero no son dunas inmensas como las que se pueden encontrar en el Sáhara. Hay plantas y arbustros crasos, que dan unos frutos parecidos a las sandías y a los melones. La travesía del primer día nos llevó a paso lento por un par de villas diminutas de apenas un par de familias, y por parajes inhóspitos aunque plagados de modernos molinos de viento. Los camelleros nos explicaron que la gente que habita estas tierras aceptó la instalación de ellos a cambio de la excavación de pozos con los que disponer de la tan escasa agua que dificulta sus vidas.

Al atardecer, poco antes de la puesta de sol alcanzamos las conocidas como dunas de Sam, un lugar apacible desde el que apreciar la inmensidad de las tierras que llevan a Pakistán, cuya frontera no dista más de 70 km.

Cenamos a la luz de una hoguera en la que Rayu y Sidar cocinaron un rico guiso con patatas y verduras, y unos ricos chapatis (láminas redondas de pan parecidas al pan de pita). De sobremesa un buen té y una interesante conversación multilingüe y multicultural; y la inmensidad del cielo estrellado y el silencio absoluto para dormir sobre las mantas que durante el trayecto conformaron nuestras sillas sobre los camellos. Al amanecer, tras un buen desayunos a base de pan tostado, mermelada y huevos cocidos, regresamos a ritmo de galope al punto final de esta aventura con -eso si- un buen dolor de culo.

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28 de octubre de 2011

28 de octubre de 2011

Amber y alrededores


En esta ocasión nos dispusimos a recorrer los alrededores de Jaipur. Contamos de nuevo con Moin, que nos haría de conductor y guía. Por la mañana temprano nos dirigimos al “templo de los monos” dedicado a Hanuman, dios hindú de estos animalillos. Enclavado en lo alto de un cerro que brinda estupendas vistas del cielo empañado de Jaipur, se encuentra escoltado por multitud de distraídos macacos que amenizan la visita. Continuamos el recorrido por los jardines de Sisodia Rani, atestados de turistas de Gujarat que amablemente nos invitaron a sentarnos con ellos para charlar y hacernos fotos, experiencia divertida que ha ido repitiéndose varias veces a lo largo del viaje.

Nos detuvimos unos minutos a contemplar los cenotafios de las maharanies de Jaipur y por fin llegamos a Amber tras una parada en el “palacio del agua”. Subimos a su fuerte por la empinada rampa para quedar asombrados por su magnitud y la belleza del enclave que lo rodea. Recorrimos sus recovecos e intentamos imaginar la vida de sus gentes en la época medieval. Vimos desde arriba la subida de varios turistas a lomos de los elefantes que otrora se utilizaron para derribar las robustas puertas y nos encaminamos a Jaigarh o “fuerte del tigre”, que en una colina próxima nos brindó bellas vistas de Amber y su fuerte, y nos dio la oportunidad de ver la puesta de sol y la ciudad de Jaipur con las luces encendidas.

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Jaipur 28 de octubre de 2011

27 de octubre de 2011

Shekawati, un paseo por el norte

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Aprovechamos nuestro paso por Jaipur, capital de Rajastán, para hacer una escapada a la provincia más septentrional, de nombre Shekawati.
A través del personal del hotel en el que nos alojamos en Jaipur, conocimos a Moin, de profesión comerciante -como todos aquí. En este caso, conductor y vendedor de rutas para turistas en coches privados. “One Love” es el nombre de su empresa, y como a él le gusta decir “en mi coche entras como un cliente y sales siendo un amigo”. En general todo el mundo quiere hacer negocio con absolutamente todo; unos con más descaro y caradura, otros con más elegancia y relativa honestidad. Moin es del segundo tipo.

El viaje hacia el norte comenzó temprano. Atravesar las siempre atestadas y caóticas calles de la ciudad llevó un rato. Las carreteras por lo general no están en buen estado. Si a eso le unimos la ausencia de señalización y de reglas, y un constante uso del claxon, el resultado es un sálvese quien pueda en el que opera la ley del más grande y más rápido: camión, coche, motocarro, bicicleta, camello, peatón y vaca, por ese orden y en cualquier circunstancia. La escasa siniestralidad en proporción a este caos se debe a la verdadera flexibilidad y buen manejo de los conductores (ellas no conducen), y a la baja velocidad (no se superan habitualmente los 40km/h).

El norte está configurado por múltiples pequeñas villas tranquilas, pero sucias y muy descuidadas. Una pena, ya que poseen un buen patrimonio urbano: las havelis. Salpicadas por sus calles estas mansiones victorianas (habitualmente de dos plantas y con patio central, decoradas con impresionantes piedras y maderas talladas, así como con pinturas al fresco), en las que antes se sellaban importantes negocios, son propiedad de ricas familias de marajás, que se trasladaron a vivir a grandes urbes con la decadencia del comercio en la llamada ruta de la seda, que por aquí pasaba. Dejaron su cuidado en manos de guardas que moran algunas de sus estancias con máxima humildad, y que sólo obtienen como ingreso una cuantas rupias que dejan quienes de vez en cuando les visitan. Es por eso que su conservación deja mucho que desear.

Resulta chocante que sea el interés de los turistas por recorrer estos pueblos para ver y disfrutar de las havelis lo que está propiciando la concienciación del valor que en si mismos tienen. Muchos jóvenes estudiantes de la zona, que chapurrean diversos idiomas europeos, se ofrecen como guías para recorrer contigo los pueblos a cambio de un puñado de rupias. Una buena cosa para fomentar el desarrollo local, aunque haría falta que estuviera regulado y que se exigiera un mínimo de documentación. Pero eso es mucho pedir … a día de hoy.

Una noche estrellada y de agradable temperatura, y una amena conversación con Moin, que nos cuenta, como ya han hecho otros, que están obligados a casarse muy jóvenes, en general con alguien de su misma casta y a quien no han elegido (ni ellas, ni ellos), y que en la mayoría de las ocasiones esos matrimonios que obligan a procrear, son un fracaso y viven separados de hecho. Si se es mujer a esta desdicha hay que sumarle la carencia de derechos. Y si se es hombre la obligación de hacer frente a constantes pagos de celebraciones y deudas familiares.

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Mandawa (Shekawati), 27 de octubre de 2011

26 de octubre de 2011

Jaipur, o cómo vivir en un comercio constante


Jaipur nos recibe con calor y con los preparativos del Diwali, uno de los festivales más representativos del calendario hinduista.
Conocida como la ciudad rosa, (pues a finales del s. XIX con motivo de la visita del entonces Príncipe de Gales cuando el país aún era colonia inglesa, fue pintada de este color), apenas si muestra lo que otrora fuera; una ciudad elegante, llena de mansiones victorianas. Hoy cuesta imaginarlo: la brutal contaminación, la suciedad sin límites, la falta de recursos y la superpoblación hacen de sus calles un lugar hostil a priori para el turista.

Hay que hacer un esfuerzo por adaptarse si una quiere disfrutar de la magnitud de sus bazares: telas manufacturadas de colorido fascinante, calzado de piel de camello de primera calidad, cientos de tipos de especias, arroces, legumbres, utensilios de todo tipo con grabados espectaculares. Pero para ello hay que abrirse paso con un contacto físico constante; esquivar autobuses, coches, motocarros, bicicletas, camellos, vacas, saltar montañas de basura, abstraerse de los constantes ruidos: voces, pitidos, músicas estridentes; intensos olores a diversos tipos de inciensos y también a orina. Todo un reto!

La ciudad vieja está rodeada por los restos de una muralla. Y entre el barullo de sus calles aparecen algunas joyas arquitectónicas bien conservadas y restauradas, que dan cuenta de las riquezas de los marajás de la región en unos casos ( ); del interés por la astronomía de algunos nobles del siglo pasado: Jama Majal un jardín repleto de instrumentos de medición solar y temporal; y de los palacios reclusorios para mujeres (el Hawa Majal) desde cuyas ventanas mínimas podían observar un trocito del mundo sin que los hombres les pusieran la mirada encima.

Lo cierto es que en esta región las mujeres aún tienen nulos o escasos derechos y se acentúa en la población más humilde, pero no es exclusivo de las castas bajas, y tiene mucho que ver la religión. Por eso cuando caminamos e intuimos la figura de esas mujeres que visten hermosísimos sharis de colores intensos y finos bordados con pedrería incrustada, no podemos evitar pensar quizá les gustaría lucirlos pero de otra formas.

Anochece y encontramos un poco de calma en la terraza del humilde hotel en que nos alojamos. Tras una buena cena a base de arroz basmati y un guiso de legumbres (dhal) acompañado de una buena cerveza Kingfisher (la más habitual aquí), disfrutamos de un delicioso Masala chai (té negro con jengibre y un chorrito de leche) que no logrará quitarnos el sueño, porque tanta intensidad agota.

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Jaipur, 25 de octubre de 2011

Delhi


Son las 6 de la mañana y ya estamos montados en el tren “shatabadi expres” camino de Jaipur. Aunque pudiera parecer imposible hemos conciliado el sueño como dos bebés después del largo y duro día de ayer y a pesar de los múltiples ruidos de las motos, los extravagantes claxon, el motor del aire acondicionado...

Ayer llegamos a Delhi y todo fue más fácil de lo esperado. Salimos del aeropuerto y sin ser en absoluto acosados nos dirigimos al cuidado metro de esta ciudad de contrastes. Atravesamos, al salir de él, la estación de trenes de “New Delhi” abarrotada de gente e impregnada en los más diversos y no precisamente agradables olores y conseguimos llegar haciéndonos valer de nuestra escasa intuición a la calle del Main Bazaar en la cual debíamos encontrar nuestro hotel. En efecto, como nos habían contado, la ciudad carece de aceras y hay que sobrevivir esquivando toda clase de vehículos que se mezclan en cualquier dirección.

Las vacas con joroba, los vendedores ambulantes, las tiendas más eclécticas y los pobres perros alopécicos nos amenizaron nuestro camino, acompañado, cómo no, de los cazaturistas y conductores de ricksaws que insistentemente ofrecían sus servicios, pero no nos resultó demasiado difícil deshacernos de ellos.

Nuestro primer día fue de lo más completo. Después de deshacer nuestros equipajes y preparar las mochilas pequeñas, salimos del hotel y recorrimos la calle para irnos haciendo con el ritmo, los olores y el tráfico y finalmente tomamos un cicloricksaw hasta “Vieja Delhi”. Fue una experiencia de lo más excitante y conseguimos llegar sanos y salvos a nuestro destino sorteando cruces imposibles, bajándonos a empujar en las cuestas más empinadas y alcanzando velocidades de vértigo en otras ocasiones.

Subimos las escaleras del “Jama Masjid”, la mezquita más grande de la India, y nos descalzamos para recorrerla mezclándonos con sus gentes y la presencia diluida de los turistas no nacionales. Después de atravesar caóticas y polvorientas calles llegamos al “Fuerte Rojo”, una edificación defensiva de la época Mogol con una conservación bastante deficiente pero de dimensiones impresionantes, y allí por segunda vez en el día nos pidieron posar en una foto con turistas indios. Nos buscaremos por el facebook.

Emprendimos el camino de regreso a “Nueva Delhi” y decidimos adentrarnos de nuevo en el impresionante mundo del metro para llegar a “Connaught Place”. En pleno centro de la nueva ciudad esta plaza recoge las tiendas más internacionales y los restaurantes de las grandes franquicias occidentales. Tomamos nota por si a la vuelta nos surgiera la necesidad...

Decidimos terminar el día, tras una buena ducha, en “Sam´s café”, la terraza-jardin del alojamiento en el que nos encontrábamos y uno de los sitios más recomendables de “Paharganj” por su exquisita comida y por resultar un remanso de paz en medio del una de las calles más estruendosas de la zona. Seguro que repetimos...

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Delhi, 24 Octubre de 2011