Un largo viaje en un tren litera nocturno nos llevó de Jaipur a Jaisalmer. Era la primera experiencia en un tren cama de la sorprendente red ferroviaria india, y resultó más confortable de lo que esperábamos; es más, dormimos del tirón.
Amanece a nuestra llegada a esta pequeña ciudad del desierto. Desde el ricksaw que nos lleva al centro desde la estación se puede divisar en lo alto de una colina un bonito fuerte de tonos ocres. La fortaleza esconde bonitas y laberínticas callejuelas con pequeños comercios locales, excesivamente enfocados al turismo. Esta villa, no sólo ofrece gran atractivo para los viajeros internacionales; también muchos turistas nacionales de las regiones aledañas aprovechan sus vacaciones con motivo del Diwali para visitarla y para disfrutar de un paseo por el desierto.
Las ofertas de safari se encuentran a cientos. Y eso hace bastante compleja la labor de búsqueda del más adecuado tanto por precio, como por el contenido de lo que ofrecen, ya que nos han contado un montón de historias de timos impresionantes. Nos decidimos por la propuesta del Sr. Ganesh, ya que era de los poco que contaba con camellos de su propiedad, y por tanto no tenía que subcontratar servicios.
Muy temprano, a la mañana siguiente nos reunimos con otros tres compañeros de aventura: un israelí y una pareja de coreanos. Recorrimos unos 40 km en un jeep, adentrándonos en el parque natural del desierto del Thar. Allí en un cruce de caminos, vinieron a nuestro encuentro 5 apuestos camellos, y Rayu y Sidar, los dos camelleros-guías que completaban la expedición.
El desierto no es como nos lo imaginábamos; seco y árido, si, pero no son dunas inmensas como las que se pueden encontrar en el Sáhara. Hay plantas y arbustros crasos, que dan unos frutos parecidos a las sandías y a los melones. La travesía del primer día nos llevó a paso lento por un par de villas diminutas de apenas un par de familias, y por parajes inhóspitos aunque plagados de modernos molinos de viento. Los camelleros nos explicaron que la gente que habita estas tierras aceptó la instalación de ellos a cambio de la excavación de pozos con los que disponer de la tan escasa agua que dificulta sus vidas.
Al atardecer, poco antes de la puesta de sol alcanzamos las conocidas como dunas de Sam, un lugar apacible desde el que apreciar la inmensidad de las tierras que llevan a Pakistán, cuya frontera no dista más de 70 km.
Cenamos a la luz de una hoguera en la que Rayu y Sidar cocinaron un rico guiso con patatas y verduras, y unos ricos chapatis (láminas redondas de pan parecidas al pan de pita). De sobremesa un buen té y una interesante conversación multilingüe y multicultural; y la inmensidad del cielo estrellado y el silencio absoluto para dormir sobre las mantas que durante el trayecto conformaron nuestras sillas sobre los camellos. Al amanecer, tras un buen desayunos a base de pan tostado, mermelada y huevos cocidos, regresamos a ritmo de galope al punto final de esta aventura con -eso si- un buen dolor de culo.
Si quieres ver nuestras fotos pincha aquí .
28 de octubre de 2011
Si quieres ver nuestras fotos pincha aquí .
28 de octubre de 2011
No hay comentarios:
Publicar un comentario