Nuestra llegada a la ciudad no puede calificarse de triunfal precisamente, ya que después de 14 largas y pesadas horas de viaje desde Si Pha Don, llegamos a la 1 de la madrugada y como por arte de magia, el carácter afable y relajado de los laosianos se ha tornado aquí en una agresiva rapiña que intenta dirigirnos a aquellos alojamientos donde reciben la inoportuna comisión. Sacamos el resto de fuerzas que nos quedaban para deshacernos del acoso de estos inagotables cazaturistas. Parece que la paz ha terminado. Aquí los turistodólares ya están haciendo de las suyas...
Como nuestro único propósito en este lugar es visitar Angkor y no nos sentimos capacitados para llegar puntuales a la apertura de las ruinas (5 de la madrugada), aprovechamos para descansar y organizar el final de nuestro viaje, así como para trazar la ruta a seguir al día siguiente para no perdernos en la inmensidad de esta antigua ciudad de piedra. Decidimos que la mejor forma de explorar las ruinas sería hacer una ruta en bicicleta desde la misma Siem Reap. Eso nos permitiría dedicarle el tiempo que estimásemos oportuno a cada uno de los templos que habíamos decidido ver y no estar sujetos al ritmo que nos marcase el conductor del tuk-tuk o la mini van, que son los otros dos medios más usuales para realizar la visita. Llegamos a primera hora y quedamos sorprendidos al ver que no eramos los únicos locos que llegaban pedaleando, aún de noche, a la zona de la venta de entradas. Nuestra intención era ver el amanecer en frente del Angkor Wat, que es uno de los templos más impresionantes.
Conseguimos llegar antes de que comenzara a salir el sol para contemplar una escena realmente emocionante. El templo quedaba reflejado según amanecía en un precioso estanque que fue construido en la época como barrera defensiva.
Como ya nos advirtieron de la ruta que solían seguir las excursiones organizadas con riadas de turistas, decidimos seguir el orden inverso para encontrarnos con el menor número de gente posible. No fue difícil orientarnos una vez tomamos consciencia de la verdadera distancia entre los distintos templos, y después de unos 40 km pedaleando, terminamos rendidos y estupefactos ante tanta belleza imposible de plasmar ni tan siquiera en las mejores fotografías, pues tan sólo el entorno natural en el que crecieron estas construcciones bien merecería una visita.
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Ko Chang, 4 de Diciembre de 2009
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