El río Mekong sigue siendo nuestro compañero de viaje y hay un punto en el que sus aguas se bifurcan formando un montón de islitas con vegetación frondosa y clima afortunado. Esta zona se llama Si Pha Dong, que significa literalmente “4000 islas”, y está en el límite sur de Laos, haciendo frontera con Camboya.
Para llegar allí desde la capital, puesto que eran muchas horas, decidimos hacer el viaje de noche. Nos montamos en un bus cama divertidísimo, que estaba decorado con cortinas rosas, en el que no había butacas reclinables (como suelen ser los buses cama al uso), sino que estaba lleno de literas para una o dos personas, con colchonetas tipo tatami y con mantas floreadas de muchos colores. El tamaño de la cama era adecuado para Laura, pero no para Héctor, que tuvo que dormir encogido porque no cabía de rodillas para abajo. Para desayunar nos dieron leche de soja y unas galletas de coco, y con los primero rayos de sol llegamos a Pakse, capital de la provincia del mismo nombre, y tras otro tramo en otro bus más normalito y un paseíto en bote, llegamos a Don Khon, la isla en la cual decidimos pasar unos días de relax.
Y vaya si descansamos! Hay tanta tranquilidad que se te queda cara de hamaca.
No mide más de 6 kilómetros de norte a sur, y tres de este a oeste, y al ser llanita lo ideal es explorarla con paseos en bici.
Si la zona norte, que es donde se concentran todos los alojamientos, ofrece un paraje con cascadas, rápidos del río, y unas magníficas puestas de sol, la zona este te descubre pequeñas villas con plantaciones y granjas, en las que todos sus habitantes te saludan al pasar (sabai dee!!!) y los niños te miran, te dan la mano, y te sonríen con complicidad. Uno de los días aprovechamos las primeras horas de luz para bajar al sur de la isla y con el bote de un pescador acercarnos a observar a los esquivos delfines de Irrawady (si, estos delfines curiosamente viven en las aguas dulces del Mekong, frontera entre Laos y Camboya). Pocos pudimos ver, pero desde luego mereció la pena pasar un rato de absoluta calma en la barcaza escuchando, viendo y sintiendo lo que nos ofrecíó ese maravilloso paraje. El regreso al punto de partida por la parte oeste de la isla nos descubrió una fantástica playa fluvial de arena finísima -e incluso con conchas!-, ideal para hacer un alto en el camino y darse un chapuzón, dejándote sorprender, una vez más, por la biodiversidad del Mekong.
Unos días de relax y sosiego, un regalo para los sentidos como broche de oro a nuestra expedición por Laos, un país fantástico que encandila por la bondad y autenticidad de sus gentes, su riqueza etnológica, su ritmo de vida pausado, el verdor de sus paisajes …
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Don Khon, 29 de noviembre de 2009
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