... experiencias nómadas

20 de noviembre de 2009

Luang Nam Tha

SABAI DEE! [pronunciado sabaidiiii], que es como se dice “hola” en lao
 Lo primero que le llama a uno la atención al llegar a Laos, a parte de la tranquilidad de sus calles y sus gentes, es ¡que hay pan y buen café! (¿herencia de sus colonizadores franceses?). Además, las ciudades y pueblos son más humildes, con peores infraestructuras y menor intensidad lumínica en el alumbrado de sus calles.
 Al cambio, nuestros euros se han convertido en millones de kips (moneda laosiana), y para que os hagáis una idea, el alojamiento de esta noche en una bonita habitación con agua caliente y free wi -fi nos cuesta 60.000 kips (unos 5 €), por lo que podréis suponer que nuestra cartera está a reventar de billetes.
 Ahora nos encontramos en Luang Nam Tha, una ciudad situada al norte de Laos. El tiempo ha variado con brusquedad y tenemos que hacer uso del chubasquero y la manga larga. Lo interesante de la zona, además de ir haciéndose al ritmo del país, es adentrarse en el parque nacional de Nam Ha. Hace dos días que llegamos a esta ciudad, sin saber la fascinante aventura que nos deparaba.
 Salimos temprano. No había parado de llover desde la noche anterior y ésto nos hacia dudar del estado del camino. Tomamos un tuk-tuk acompañados del que iba a ser nuestro guía, Somphone (un granjero de cincuenta y pico, que complementa sus ingresos con este tipo de actividades), y nuestros compañeros de expedición: Andy y Luccia.
Una vez que accedimos al parque nacional comenzamos la caminata. En el primer tramo tuvimos que vadear repetidas veces un río que nos llevaba hasta una pequeña cascada. A partir de ese punto comenzamos la ascensión adentrándonos en una espesa selva de bambús de diferentes tamaños y colores. Por un momento pensamos formar parte del reparto de una película de la guerra de Vietnam.
Llegado el medio día alcanzamos unas construcciones de caña hechas por los campesinos que trabajaban el arroz, que sirvieron de base para nuestro improvisado almuerzo. Sobre unas enormes hojas de plátano a modo de mantel, el guía fue sirviendo los manjares que traía preparados: arroz glutinoso, judías verdes, espárragos silvestres y una riquísima salsa de tomate. Y todo esto, por supuesto, lo comimos con las manos.
Tras algo más de seis horas de dura caminata accedimos a un poblado de la etnia `Black thai´ en el que vivían apenas dos familias. Era el lugar en el que deberíamos pasar la noche. Rodeados de campos de arroz, y con unos pocos animales de granja, no era muy difícil imaginar cuál iba a ser nuestra cena. Al más puro estilo rural, nos cocinaron en una hoguera un rico arroz glutinoso y una sopa de pato con noodles. Durante la “sobremesa” tuvimos la ocasión de compartir con ellos una botella de lao-lao, un rico aguardiente de arroz que puede llegar a dar más de un dolor de cabeza. Charlamos hasta bien entrada la noche e intercambiamos impresiones con los lugareños (con la imprescindible traducción de nuestro guía, claro) y secamos nuestro calzado al calor del fuego. Muy gustosamente nos habríamos quedado más rato charlando, pero al día siguiente había que madrugar, así que nos fuimos a dormir todos a la única cabaña destinada a esos fines; sobre una alfombra de bambú extendimos nuestras esterillas y nos arropamos bien con unas mantas que nos prestaron nuestros anfitriones. Nos despertaron los gallos a las 7 de la mañana y perezosos nos pusimos a hacer de nuevo el fuego para preparar el gran desayuno. Comenzó con un vaso de café y una calabaza asada para continuar después con unos huevos revueltos con flores de un árbol del recinto, de nuevo la salsa de tomate y cómo no, el famoso arroz glutinoso laosiano (¿no se nos está poniendo ya cara de orientales?).
Seis horas de intensa pero interesante caminata nos separaban de el fin de esta aventura. Sin olvidar embadurnarnos en loción antimosquitos (que por aquí los bichejos transmiten la malaria), echamos a andar atravesando los cultivos, bosques de enormes plataneras, frondosos helechos y bambús. A lo largo de todo el recorrido Somphone nos fue contando un montón de cosas sobre la historia del país, sus vivencias, la agricultura, la gastronomía, la medicina tradicional, los usos y costumbres.... ¡Un tipo genial y muy buena persona! Y una vez volvimos a pisar asfalto, nos recogió un tuk-tuk para devolvernos a la “civilización”, y poner punto y final a la que ha sido probablemente ¡una de las mejores y más auténticas experiencias de nuestra vida!
Después de la merecida ducha de agua caliente (que aquí escasea), y comprados los billetes para el autobús que nos llevará mañana a Luang Prabang (en un trayecto con una duración aproximada de 10 horas), os dejamos. Nos vamos a buscar un poquito de arroz glutinoso y una buena Beerlao!

Si queréis ver nuestras fotos pincha aquí.

Luang Nam Tha, 20 de noviembre de 2009

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