Jaipur nos recibe con calor y con los preparativos del Diwali, uno de los festivales más representativos del calendario hinduista.
Conocida como la ciudad rosa, (pues a finales del s. XIX con motivo de la visita del entonces Príncipe de Gales cuando el país aún era colonia inglesa, fue pintada de este color), apenas si muestra lo que otrora fuera; una ciudad elegante, llena de mansiones victorianas. Hoy cuesta imaginarlo: la brutal contaminación, la suciedad sin límites, la falta de recursos y la superpoblación hacen de sus calles un lugar hostil a priori para el turista.
Hay que hacer un esfuerzo por adaptarse si una quiere disfrutar de la magnitud de sus bazares: telas manufacturadas de colorido fascinante, calzado de piel de camello de primera calidad, cientos de tipos de especias, arroces, legumbres, utensilios de todo tipo con grabados espectaculares. Pero para ello hay que abrirse paso con un contacto físico constante; esquivar autobuses, coches, motocarros, bicicletas, camellos, vacas, saltar montañas de basura, abstraerse de los constantes ruidos: voces, pitidos, músicas estridentes; intensos olores a diversos tipos de inciensos y también a orina. Todo un reto!
La ciudad vieja está rodeada por los restos de una muralla. Y entre el barullo de sus calles aparecen algunas joyas arquitectónicas bien conservadas y restauradas, que dan cuenta de las riquezas de los marajás de la región en unos casos ( ); del interés por la astronomía de algunos nobles del siglo pasado: Jama Majal un jardín repleto de instrumentos de medición solar y temporal; y de los palacios reclusorios para mujeres (el Hawa Majal) desde cuyas ventanas mínimas podían observar un trocito del mundo sin que los hombres les pusieran la mirada encima.
Lo cierto es que en esta región las mujeres aún tienen nulos o escasos derechos y se acentúa en la población más humilde, pero no es exclusivo de las castas bajas, y tiene mucho que ver la religión. Por eso cuando caminamos e intuimos la figura de esas mujeres que visten hermosísimos sharis de colores intensos y finos bordados con pedrería incrustada, no podemos evitar pensar quizá les gustaría lucirlos pero de otra formas.
Anochece y encontramos un poco de calma en la terraza del humilde hotel en que nos alojamos. Tras una buena cena a base de arroz basmati y un guiso de legumbres (dhal) acompañado de una buena cerveza Kingfisher (la más habitual aquí), disfrutamos de un delicioso Masala chai (té negro con jengibre y un chorrito de leche) que no logrará quitarnos el sueño, porque tanta intensidad agota.
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Jaipur, 25 de octubre de 2011
que chulo!, aunque parece algo durillo en ocasiones!
ResponderEliminarla religion y la interpretacion pos los hombres es un cancer de este mundo
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