... experiencias nómadas

27 de octubre de 2008

Camino Inca y Machu Picchu

Uno de los grandes momentos de este viaje. Si. Preparados para una aventura por las montañas durante cuatro días para llegar a la nueva “maravilla del mundo”.
La noche anterior al inicio de la expedición conocimos a nuestro guía Ronald. Nos dio la información necesaria y nos recordó algunas cosas que era necesario llevar. A las 06.15 AM un colectivo nos pasó a recoger por el hostal. Amanecemos entre suaves neblinas que se van haciendo más espesas por el camino. Hace fresco. Tras un par de horas de camino y un contundente desayuno en Ollantaytambo –en el que pudimos conocer a nuestros compañeros de caminata: Mathiu y Carolina una pareja de ingleses treintañeros- nos adentramos con el bus por una trocha carrozable hasta el punto de inicio.
La entrada al Camino Inka está limitada para evitar avalanchas de turistas e intentar que el impacto ambiental sea el menor posible. Pasamos el check point de inicio, pasaporte en mano. A ponerse el chubasquero ….. comienza lloviendo nuestro camino. Paso ligero pero tranquilo, nos quedan cuatro días con sus noches.
Claro está que las primeras horas fueron de toma de contacto: de dónde venimos, a qué nos dedicamos, qué hemos visto del Perú. Éramos uno de los grupos más pequeños: cinco; muy cómodo.
Una de las cosas que ya nos sorprendió desde el primer momento fue la impresionante carga que llevan los portadores: 25 kilos cada uno. Pero no en cómodas mochilas deportivas, no. Junto con las mochilas de algunos excursionistas pseudos-montañeros que deciden pagarles un dinero para que les lleven su equipaje, llevan fajos de plástico en los que guardan los ingredientes para elaborar los desayunos-comida-cena de todos los días que dura la expedición, sillas y mesas de plástico, tiendas de campaña para pernoctar, y más. Todo eso lo llevan a la espalda con unos sacos o petates que atan con nudos por delante de los hombros y van corriendo –tanto si es subida como si es bajada. Puf! una pasada!! Para más inri los señores van con sandalias (similares a las que utilizaban en su momento los incas), hechas con goma de neumático. Qué frío!   
La primera jornada fue tranquila. Ratos de sol, ratos de nubes y alguna llovizna. La comida fue en un campamento improvisado que los portadores montaron en un abrir y cerrar de ojos. Por la tarde, una suave subida por un valle nos llevó hasta el campamento donde pasaríamos la primera noche. Plena naturaleza. A cielo descubierto. Sólo unas cuantas tiendas de campaña repartidas en varias terrazas.
Anochece pronto, y además estás agotado después del madrugón. Luces de linternas se divisan por el campamento a la hora de hacer pipí y lavarse los dientes. Charlas a la luz de las velas en un saloncito improvisado con unas lonas. A dormir pronto. Por la mañana con las primeras luces y el piar de pajarillos el ayudante de cocina de los porteadores nos despierta con una infusión de mate de coca en la puerta de la tienda de campaña. Hace frío, así es que viene bien para entrar en calor.
Recogemos el campamento en un pis pas. Un nutritivo desayuno para la segunda jornada. La más dura y la más larga (7 horas y media de camino). Una gran subida. La verdad es que con la altitud el corazón se acelera más. Necesitas más bocanadas de aire para suministrar oxígeno a todos los músculos. Llegamos al paso más alto del Camino Inca, el Warmiwañusca, también conocido como “La Mujer Muerta” a 4.200 metros de altitud. Todo lo demás fue bajada, tremenda bajada (muy dura para las rodillas) además con un montón de niebla. A mitad de la bajada almorzamos. Comenzó a llover, y no paró hasta que llegamos al campamento. Calados a pesar del chubasquero y del calzado para agua. Frío, pasamos mucho frío esa noche.
La tercera jornada fue bastante agradable. La niebla no nos dejó apreciar del todo las bonitas panorámicas. Pero hay que decir que tuvo su encanto. Miles de escalinatas, túneles excavados en la roca, bosques húmedos, plantas semitropicales. Una chulada.
Esa noche llegamos hasta el campamento más cercano al Machu Picchu. La cena fue un poco festiva. Brindamos con unas botellas de vino que pudimos comprar en un barecillo cercano a la acampada. Estábamos bastante cansados y además teníamos que madrugar para llegar pronto a nuestro destino.
Esa noche dormimos bastante bien. Pero a las cuatro, en pie. A oscuras, recogimos todo y desayunamos. Nos despedimos de los porteadores/cocineros (que nos alimentaron y cuidaron muy bien). Ya de camino comenzó a clarear. Tras poco más de hora y media, y el esfuerzo de las rampas finales llegamos a Inti Punku (Puerta del Sol) desde donde se puede contemplar al amanecer una magnífica imagen completa del Machu Picchu (Montaña Vieja en Quechua), cuando aún no ha llegado ningún turista. Un gran privilegio!!!!
No defrauda. La verdad es que es una imagen impresionante. De cerca o de lejos. Son ruinas. Pero lo que queda de esa gran ciudad, es suficiente como para imaginarse cómo fue en su momento de máximo esplendor (antes de la llegada de nuestros antepasados, los colonos españoles). El graderío para la agricultura, las viviendas de los más humildes, los templos a sus dioses (el sol, la luna, el cóndor), los lugares para la observación astronómica. Todo eso y mucho más construido con rigor milimétrico y una gran técnica arquitectónica que aprovechó cualquier roca natural para integrarla en su conjunto. Mirar alrededor es una auténtica gozada. Empinadas montañas, recubiertas de frondosa vegetación, valles profundos. Majestuoso.
Sólo hay un pero: tanto turista (y eso que está controlado) hace difícil la tarea del fotógrafo.
Ya estamos de regreso en Cuzco. Cansados, pero contentos. Porque la experiencia mereció mucho la pena y además gozamos de buena compañía. Los ingleses resultaron ser encantadores (ha sido como un curso intensivo, porque hemos practicado mucho inglés), y Ronny, el guía, tímido, pero muy buena persona y muy agradable.
Ahora nos toca descansar porque mañana, y para concluir nuestro viaje, nos vamos a pasar unos días a las selva.
Ya os contaremos!
Cuzco, 26 de octubre de 2008

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