¡Llegamos a lo más alto!.
Puno, la ciudad a orillas del “Titicaca” se eleva a 3935msnm y creednos, dar tan solo dos pasos aquí no es nada fácil. Tomamos un taxi hasta el hostal en el que pretendíamos hospedarnos, pero estaba completo. Al parecer una delegación de estudiantes había venido a la ciudad, pero muy amablemente nos localizaron un hospedaje cercano con plazas y precio similar.
Nos dirigimos mochila al hombro al nuevo alojamiento y a nuestro cerebro le costaba tomar oxígeno. La sensación al subir al tercer piso ataviados con todo el equipaje era la de respirar dentro de una urna en la que el aire no se renueva. Sin perder mucho tiempo nos acercamos a la una agencia a contratar un bus turístico para hacer la ruta hasta Cusco visitando ruinas arqueológicas por el camino, y ya este pequeño paseo nos pareció algo agotador, a cada bocanada le faltaba el gas elemento y optamos por seguir las recomendaciones de los lugareños: “Comer poquito, andar despacito y beber muchito”, así que a paso de tortuga nos acercamos a la zona céntrica, con la intención de comer algo ligero y tomar un mate de coca que acabase con la neblina que empañaba nuestros pensamientos.
A las tres de la tarde no es fácil encontrar un lugar donde te sirvan comida y tuvimos que conformarnos con una pequeña pizza que muy amablemente nos prepararon en un ratito de los de aquí…
Las calles estaban abarrotadas de gente y de jóvenes disfrazados y siguiendo una interminable fila de charangueros que nos acompañó toda la tarde. Al principio nos pareció algo curioso y divertido, pero a eso de las diez de la noche acabaríamos aborreciéndolo por completo.
A paso de abuelo nos acercamos al puerto, pues no nos gustó demasiado el tour que nos ofrecían en el hotel para visitar las islas flotantes de los Uros e islas de Amantaní y Taquile y contratamos el viaje en barco con una comunidad de marineros de Amantaní. Parece la mejor manera de que el dinero llegue a los que de verdad lo necesitan y una vez cerrados todos los asuntos paseamos dificultosamente por esta ciudad un tanto caótica, como tantas otras en el Perú.
Despertamos a las seis de la mañana para poder ducharnos (de nuevo hemos conseguido agua caliente) y acercarnos a las inmediaciones del puerto a desayunar otro mate de coca y comprar algo de fruta y unas pinturas para llevar a la familia con la que nos alojaríamos en la isla de Amantaní.
El viaje en barco nos llevo en una hora a las islas flotantes de los Uros, una antigua población que para huir de otras culturas más beligerantes que vivieron en la rivera del Titicaca, construyó unas plataformas valiéndose de los juncos de totora, en un principio a modo de embarcaciones y más adelante como pequeños islotes esponjosos. Bastante turístico ahora, pero verdaderamente admirables.
Tras una breve pausa continuamos viaje, ahora durante tres largas y frías horas, hasta arribar a Amantaní, donde varias familias se arremolinaban para ofrecernos sus alojamientos. La nuestra era una familia un tanto endogámica, donde la mujer estaba casada con su sobrino etc… con la misma familia vinieron una pareja de franceses, Max y Sophie, que hablaban un perfecto español por haber vivido cinco años en México.
La casa estaba compuesta por un pequeño habitáculo que hacia las veces de cocina, salón y dormitorio y que cobijaba una pequeño grupo de 6 cuis (cobayas o conejillos de indias), que en esta región no son considerados mascotas, sino uno de los mayores manjares. Sobre este habitáculo estaban las dos habitaciones donde dormiríamos los bienvenidos turistas. La isla no cuenta con luz eléctrica y las únicas comodidades de la que disponía la habitación eran: una vela, dos camas de paja con un colchón encima y un orinal del que Laura tuvo que hacer uso. Jejeje
Comimos a la llegada una rica sopa de quinua y un plato con dos variedades de papa y un huevo con tomate rodeados de la familia y los cuis y conversamos un poco sobre su forma de vida, que ahora era casi exclusivamente el turismo. Nos decepcionó un poco, pues nos hubiera gustado ver de cerca ese modo de vida ancestral, pero en fin…
A la tarde caminamos isla arriba, de nuevo aquejados de los problemas de la altura, para visitar la “Pacha Tata” y la “Pacha Mama”, dos pequeños recintos en los que ofrendaban a la “Madre Tierra” por hacerles llegar la lluvia y los alimentos a sus hogares. Casi habíamos comenzado a descender cuando la noche y la lluvia llegaron de la mano para hacernos olvidar la falta de aliento y corrimos sendero abajo con las linternas y el frío como compañeros y al pobre Rubén como guía.
Pusimos las ropas a secar y únicamente cubiertos por las prendas térmicas nos juntamos para la cena en la habitación de los compañeros franceses con los que charlamos largo y tendido de los más diversos temas. Nos acostamos prontito y dormimos medianamente bien hasta ser despertados por los cánticos de los niños de la zona ¡a eso de las cinco u media! y tras el desayuno de un mate de una hierba llamada “muña” y unas deliciosa tortitas, bajamos al puerto para viajar durante una hora en barco a visitar la isla de Taquile, si cabe más turística pero cuyos pobladores tienen un curioso modo de exhibir sus situación amorosa según la posición de la borla del gorrito. Dos horas después y tras un buen rato compartiendo unas cervezas cuzqueñas con los compañeros del barco de mayoría francesa, como parece ser la tónica en el viaje, volvemos a Puno de nuevo en un penoso y frío viaje.
Puno, 18 de octubre de 2008
Puno, la ciudad a orillas del “Titicaca” se eleva a 3935msnm y creednos, dar tan solo dos pasos aquí no es nada fácil. Tomamos un taxi hasta el hostal en el que pretendíamos hospedarnos, pero estaba completo. Al parecer una delegación de estudiantes había venido a la ciudad, pero muy amablemente nos localizaron un hospedaje cercano con plazas y precio similar.
Nos dirigimos mochila al hombro al nuevo alojamiento y a nuestro cerebro le costaba tomar oxígeno. La sensación al subir al tercer piso ataviados con todo el equipaje era la de respirar dentro de una urna en la que el aire no se renueva. Sin perder mucho tiempo nos acercamos a la una agencia a contratar un bus turístico para hacer la ruta hasta Cusco visitando ruinas arqueológicas por el camino, y ya este pequeño paseo nos pareció algo agotador, a cada bocanada le faltaba el gas elemento y optamos por seguir las recomendaciones de los lugareños: “Comer poquito, andar despacito y beber muchito”, así que a paso de tortuga nos acercamos a la zona céntrica, con la intención de comer algo ligero y tomar un mate de coca que acabase con la neblina que empañaba nuestros pensamientos.
A las tres de la tarde no es fácil encontrar un lugar donde te sirvan comida y tuvimos que conformarnos con una pequeña pizza que muy amablemente nos prepararon en un ratito de los de aquí…
Las calles estaban abarrotadas de gente y de jóvenes disfrazados y siguiendo una interminable fila de charangueros que nos acompañó toda la tarde. Al principio nos pareció algo curioso y divertido, pero a eso de las diez de la noche acabaríamos aborreciéndolo por completo.
A paso de abuelo nos acercamos al puerto, pues no nos gustó demasiado el tour que nos ofrecían en el hotel para visitar las islas flotantes de los Uros e islas de Amantaní y Taquile y contratamos el viaje en barco con una comunidad de marineros de Amantaní. Parece la mejor manera de que el dinero llegue a los que de verdad lo necesitan y una vez cerrados todos los asuntos paseamos dificultosamente por esta ciudad un tanto caótica, como tantas otras en el Perú.
Despertamos a las seis de la mañana para poder ducharnos (de nuevo hemos conseguido agua caliente) y acercarnos a las inmediaciones del puerto a desayunar otro mate de coca y comprar algo de fruta y unas pinturas para llevar a la familia con la que nos alojaríamos en la isla de Amantaní.
El viaje en barco nos llevo en una hora a las islas flotantes de los Uros, una antigua población que para huir de otras culturas más beligerantes que vivieron en la rivera del Titicaca, construyó unas plataformas valiéndose de los juncos de totora, en un principio a modo de embarcaciones y más adelante como pequeños islotes esponjosos. Bastante turístico ahora, pero verdaderamente admirables.
Tras una breve pausa continuamos viaje, ahora durante tres largas y frías horas, hasta arribar a Amantaní, donde varias familias se arremolinaban para ofrecernos sus alojamientos. La nuestra era una familia un tanto endogámica, donde la mujer estaba casada con su sobrino etc… con la misma familia vinieron una pareja de franceses, Max y Sophie, que hablaban un perfecto español por haber vivido cinco años en México.
La casa estaba compuesta por un pequeño habitáculo que hacia las veces de cocina, salón y dormitorio y que cobijaba una pequeño grupo de 6 cuis (cobayas o conejillos de indias), que en esta región no son considerados mascotas, sino uno de los mayores manjares. Sobre este habitáculo estaban las dos habitaciones donde dormiríamos los bienvenidos turistas. La isla no cuenta con luz eléctrica y las únicas comodidades de la que disponía la habitación eran: una vela, dos camas de paja con un colchón encima y un orinal del que Laura tuvo que hacer uso. Jejeje
Comimos a la llegada una rica sopa de quinua y un plato con dos variedades de papa y un huevo con tomate rodeados de la familia y los cuis y conversamos un poco sobre su forma de vida, que ahora era casi exclusivamente el turismo. Nos decepcionó un poco, pues nos hubiera gustado ver de cerca ese modo de vida ancestral, pero en fin…
A la tarde caminamos isla arriba, de nuevo aquejados de los problemas de la altura, para visitar la “Pacha Tata” y la “Pacha Mama”, dos pequeños recintos en los que ofrendaban a la “Madre Tierra” por hacerles llegar la lluvia y los alimentos a sus hogares. Casi habíamos comenzado a descender cuando la noche y la lluvia llegaron de la mano para hacernos olvidar la falta de aliento y corrimos sendero abajo con las linternas y el frío como compañeros y al pobre Rubén como guía.
Pusimos las ropas a secar y únicamente cubiertos por las prendas térmicas nos juntamos para la cena en la habitación de los compañeros franceses con los que charlamos largo y tendido de los más diversos temas. Nos acostamos prontito y dormimos medianamente bien hasta ser despertados por los cánticos de los niños de la zona ¡a eso de las cinco u media! y tras el desayuno de un mate de una hierba llamada “muña” y unas deliciosa tortitas, bajamos al puerto para viajar durante una hora en barco a visitar la isla de Taquile, si cabe más turística pero cuyos pobladores tienen un curioso modo de exhibir sus situación amorosa según la posición de la borla del gorrito. Dos horas después y tras un buen rato compartiendo unas cervezas cuzqueñas con los compañeros del barco de mayoría francesa, como parece ser la tónica en el viaje, volvemos a Puno de nuevo en un penoso y frío viaje.
Puno, 18 de octubre de 2008
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